No sabía el valor que tenía (Cuento corto)

Lo normal es que la gente encuentre a esas personas con quienes se siente cómoda y que se apegue a ellos y busque excusas para frecuentar hasta que se haga costumbre y ya no haya vuelta atrás. No sé si lo que me pasó contigo fue eso u otra cosa, lo cierto es que si bien yo me encontraba en otro sendero, en mi propio proceso (Porque, como verás, siendo el tipo de mujer que soy, no se me da muy bien eso de expresarme con los demás); era como si me creaba excusas para encontrarte o que me encontraras.

Recuerdo que era Navidad, y estábamos todos los del grupo reunidos. Habíamos quedado en brindar con cervezas y tequila que a Max lo habían ascendido de cargo y que Peggy y Dylan esperan un bebé; por supuesto que también aprovechamos e incluimos la celebración del cumpleaños de Robert... Todo en una misma semana.

Quedé con las muchachas para ayudar a Peggy a preparar todo para el baby shower y entonces, inesperadamente, mientras yo buscaba los materiales para las manualidades que íbamos a hacer (Aquí, la estrella de los adornitos de papel soy yo), me llamaste por teléfono. Inesperado porque, en todos estos años de amistad, jamás me habías prestado tanta atención, aunque te lo rogara silenciosamente.

—¿Sí? ¿Charlie? ¿Qué ocurre?—Contesté pasmada, tratando de ocultar que estaba algo emocionada.

—Hola, Mabel, ¿Estás ocupada?

—De momento ando comprando algunos materiales para lo que voy a estar haciendo con las muchachas más tarde, ¿Qué ocurre?

—Es que... —Hiciste una pausa tan extraña, como que algo te estaba comiendo por dentro—Sabes que el otro día... Hm, en la reunión... Al verte, me sorprendí un poco.

En verdad que no entendía de qué iba la llamada, pero por mera curiosidad, te seguí la corriente.

—¿A qué te refieres? ¿Hice algo malo?

—No, no, no es eso—Te detuviste súbitamente y suspiraste al micrófono, y se escuchó como una ventolera chocando contra mi oído—Es que, ibas vestida muy bien. No sabía que tenías ropa tan bonita; aunque, no sé, creo que no era la ropa...

Ni te imaginas la intriga que me entró al escucharte decir eso. Pero estaba comenzando a sentirme rara porque, ¿Cómo es eso que ahora te interesas así por mi? Después de todo este tiempo que me la he pasado disimulando, que te miro fijamente y que te quito la mirada cuando veo que vas a voltear...

¿Cómo es eso que, luego de todas esas veces que estuve nerviosa siquiera de dirigirte la palabra, durante las reuniones con nuestros amigos, me vas a venir a decir eso de que estaba bonita en la última reunión? O eso era lo que yo estaba entendiendo. Porque eres el peor para explicar, cualquier cosa.

—Charlie, ¿Quieres salir conmigo este sábado?—Me ardía el estómago, y sentí como mis pómulos se llenaron de sangre, mientras jadeaba y me sostenía de uno de los anaqueles de la tienda de manualidades, porque cometí la estupidez de sobresaltarme e invitarte a salir. Como pude, me compuse—Vamos al cine, yo invito. Hace poco que mi jefe me obsequió unos pases de cortesía para el próximo estreno. Y a ti te gustan las pelis de comics, ¿No?

—Sí, ¡Sí! Cierto que ahora publican la nueva de Aspen y muero por verla.

Tu fascinación por esas cosas a las que sólo los nerds le prestan atención, por un lado, me parece admirable, porque según lo que comentan los demás, tienes una colección gigante de figuras de acción y otros artículos que competen a ese mundillo, más el afecto con el que tratas cada una de tus pertenencias; me hablan por ti, y me dicen que aquello que amas recibe el más inmenso de tus cuidados.

Me daban celos, tus juguetes y tus video juegos.

Por otro lado, me preocupaba que te ataras tanto a esas cosas, pues, de cierto modo, me parecía que el que estuvieras tan enfrascado en ello, no te permitía crecer completamente. No es que yo lo viera como algo verdaderamente malo. Es sólo que, en el supuesto en que tú y yo fuésemos a tener una relación prospera, de hogar e hijos, no me imagino dejándote a cargo de la casa durante un fin de semana, pues me preocuparía que te unieras al bando de los niños, e hicieras un desastre con ellos que luego tendríamos que recoger.

He allí la belleza que ubico en tu ser, que me ha impedido erguirme de orgullo, esas veces que he pretendido tener la dignidad necesaria para no dar mucha más fuerza a los sentimientos que guardo hacia ti.

—Las entradas que tengo para Aspen son para las 7:00 pm. De ahí podríamos irnos al local de Barney, y nos encontramos con el resto del grupo—A pesar de que hacía unos minutos que tuve un subidón de coraje, igual estaba intentando disimular y no parecer demasiado ansiosa porque este plan saliera bien—Creo que ellos ya vieron la película.

—Oh... ¿Sí? Bueno, pero no tenemos que ir con ellos, ¿No lo crees?—dijiste dudoso, soltando una pequeña risa nerviosa al final.

—¿Entonces a dónde quieres ir?

—Pues, podemos dar una vuelta por el centro comercial, y vemos qué se da.

—Charlie, ¿Has fumado hierba, hoy?

—¡No! Ehm, claro que no... ¿Por qué preguntarías semejante cosa?

—Jajaja, es que suenas diferente—No te dabas cuenta de que se me contagiaba tu entusiasmo. Pensé que con un chiste, se disiparía un poco la tensión, pero creo que ya te estabas haciendo consciente de que teníamos varios minutos en una llamada que tú hiciste—Nos vemos el sábado, ¿Está bien?

—Okay, el sábado... 7:00 pm, ¿No?

—Sí. A las siete.

Me quedé unos segundos paralizada luego del clic y tono. No sabía si comenzar a llorar del susto o a gritar de alegría. Charlie Bolton finalmente se hizo de la valentía para invitarme a hacer algo que no fuese estar entre amigos y pasar desapercibidos el uno del otro.

Era Martes, el día de la llamada. Los siguientes tres días fueron tortuosos, en varios sentidos, pero sobre todo por cómo las dudas hicieron estragos en mi cabeza. Me preguntaba sobre todo qué sería lo que habría cambiado en ti, como para que quisieras decirme que me veías 'bonita', ahora. Me preguntaba en qué modo he cambiado yo.

Sé que no he sido la mujer más agraciada, ni mucho menos lo fui de adolescente. En aquella época, sufría de terribles episodios de ansiedad, motivados por tormentosos años escolares en los que conocí a muy pocas personas empáticas y a muchas que fueron muy cínicas; bravucones que me ponían por debajo de lo humano sólo por un par de manchas en mi piel y los lunares de mi cabeza que hacen que me crezca cabello descolorido.

Los adolescentes en verdad que valen media mierda.

Lo sabía porque yo era uno de esos adolescentes.

En comparación contigo, Charlie Bolton, que fuiste siempre un chico de buen promedio académico, capitán del equipo de soccer, y el chico más bonito de la clase, con tu cabellera rubia que te llegaba a los hombros, y ojos azul eléctrico; yo era sólo otro despojo impopular que no dejó una marca en nadie.

Por ti, nuestro grupo de amistades se mantuvo solidamente unido, a través del tiempo. Eres un imán para las personas, y en ese sentido, yo siempre intenté imitar lo que haces para agradarle a las personas.

A veces no entiendo cómo es que terminamos siendo tan buenos amigos. Pero lo agradezco mucho, porque me has dado los mejores consejos y las mejores palabras de aliento, esas veces que he acudido a ti.

Y luego de reflexionar en todo eso, durante la noche del Viernes, me quedé desnuda durante un buen rato, frente al espejo, luego de darme mi baño de antes de ir a dormir. Miré mi cuerpo con atención, a ver si era que me habían crecido las caderas o si mi cintura se había puesto más pequeña, o si mis senos eran más prominentes. Vi lo que siempre he visto: El mismo cuerpo pálido, de venus, lleno de manchitas fantasmagóricas de vitiligo. Me sentí bien porque la dieta y los ejercicios de los últimos dos años habían tenido un grandioso efecto, sobre todo porque me sentía fuerte. Y aún así, no pude evitar cuestionarme: "¿Será esto lo que quieres, Charlie Bolton?".

Nadie te conoce de ser un donjuán, Charlie. Eso me hacía sentir un alivio muy extraño; como que ya estaba acostumbrada a que todos los hombres que conocemos son jugadores, y que descartan y se dejan ser descartados con la misma facilidad con la que juegan billar durante las reuniones. Pero entonces, tú eres diferente de ellos. ¿O debía esperar que en el fondo, fueras igual?

Pasaban 15 luego de las cinco de la tarde del Sábado y mientras me arreglaba, esperaba tu llamada. No había querido decirte nada durante el día para no parecer intensa ni ansiosa; ya te había dado una buena impresión y no quería arruinarlo con mis disparates mentales.

Me puse mis jeans negros y la camisa de Aspen que compré unos días antes de tu último cumpleaños, y que nunca tuve el valor de entregarte. Me miré de nuevo al espejo varios minutos; contemplaba que mi indumentaria te sacaría de órbita.

Entró una llamada, y se leía "Charlie" en la pantalla.

—¿Sí? ¿Qué sucede?

—¿Cómo estás, Mabel? ¿Ya estás lista?

—Sí, ya casi, en unos 10 minutos.

—Iré por ti, estoy bastante cerca de tu casa, pasé a comprar algunas cosas para mi mamá y acabo de dejárselas.

—Bien, entonces te espero.

—Te escribo para avisarte que bajes.

Te escuchaba cómodo, tranquilo. Me gustó que no te trabaste para hablar conmigo durante esa llamada. Podría acostumbrarme a que me hables así, directo, sin miedo.

Esta es la parte de la que creo que no te acuerdas, y trataré de ser detallista de aquí en adelante, a ver si así logro hacerte comprender...

Ya que estuviera contigo en tu auto, comenzaste a conversar conmigo en un tono bastante agradable y tu sentido del humor y chistes se dieron bomba; yo estaba maravillada, no sólo porque me estabas mostrando una cara de ti que siempre había querido ver, sino porque estuviste siempre pendiente de hacerme sentir cómoda; preguntaste como 20 veces, esa noche, si estaba bien, si necesitaba algo... Me hiciste decir para mis adentros: "¿Será que me quieres mucho, Charlie Bolton?", una y otra vez.

Nos tomamos de la mano durante la función de Aspen; te escuché reir y tú a mi, y sin asustarte, que fue lo mejor. Sí, es que mi risa es medio rara y escandalosa.

Dimos unas vueltas por la ciudad, y en eso que pasábamos por la Avenida Principal, comenzaste a hablar como sincerándote conmigo.

—Mabel, quiero darte las gracias por aceptar salir conmigo hoy.

—¿A qué te refieres?

—Sé que te parece bastante raro que te haya llamado el otro día. De hecho que yo estaba muy nervioso—dijiste, parando para dar luego un respiro y retomar—Pero quise hacerlo porque hace bastante tiempo que yo...

—¿Qué? Charlie, ¿Estás bien?

Empalideciste, frenaste el carro y me tomaste de la mano. Me miraste fijamente, para decirme algo más.

—Yo sé que no soy tu persona indicada, Mabel.

—¿Por qué dices eso?

—Porque tú debes estar con alguien que te valore, que te valore de verdad.

—Pero tú me valoras de verdad, ¿No?

—Sí, sí, claro que sí. Pero, hm... Me temo que te he fallado.

Sentía que estabas intentando decir que habías llegado tarde. Y tuve que darte la razón, aunque me doliera. Porque aún cuando he pasado mucho tiempo sintiendo estas cosas raras por ti, estoy tan acostumbrada a ser tu amiga que me acostumbré también a idealizarte y a verte como un imposible. Y ahora que tuviste esa súbita revelación acerca de mi atractivo femenino, no se sentía como un sueño hecho realidad.

Me habías fallado, Charlie Bolton, es verdad.

Por eso es que ahora, sólo quisiera que dejaramos todo esto atrás. Aunque duela, aunque cueste. Porque yo ya he hecho mi vida, sin ser nada más que tu amiga. ¿Te imaginas cambiar nuestras estructuras? Muchas cosas que hemos construido, se vendrían abajo.

Recuerdo que esa noche dijiste también...

—No podría hacerte eso. Sería irresponsable e insensato de mi parte—Que me ayudó a entender que habías pasado mucho tiempo decidiéndote entre si decirme algo o no, si actuar en razón de esos sentimientos o no—Me has hecho una mejor persona, Mabel, y por eso no sabía cómo abordarte.

—Yo siempre voy a tener sentimientos por ti, Charlie—me salió decir, mientras me convertía en un tomate—Sin importar dónde te encuentres, o con quién estés, o con quién esté yo.

—¿Pero es justo, eso?

—No sé si es justo, pero es lo que me toca hacer. Me hubiese gustado que me pidieras ser tu novia hace dos años atrás, quizá así no se se sentiría como que estamos haciendo esto tarde.

—En verdad lo siento, lo siento mucho.

Te miré sonriendo mientras me aguantaba las ganas de llorar. Me costaba respirar, no sé si era porque las ventanas del auto estaban arriba mientras estaba apagado el aire acondicionado, o por lo sórdido que se pone todo cuando no hay música en la radio.

Me daba impotencia, caer en cuenta que Charlie Bolton no sabía el valor que yo tenía. Que se dio cuenta tarde.

Pero me hizo feliz que al menos pudo reconocerlo.

Fin.

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