Nos conocimos y fue inesperado (Cuento corto)

Lo voy a contar como que me encontrara en otro lugar, y que la circunstancia fue diferente. Pero intentaré que el contexto se mantenga. Porque lo que importa es que se entienda que luego de que te encontrara, jamás habría imaginado lo mucho que significarías para mi.

Yo estaba nuevo en la ciudad. Muchas veces me hablaron de Boston, amigos que viajaron allí por negocios, esparcimiento y aprendizaje, y me dijeron que tenía que visitar el lugar porque estaba increíble.

Y decidí que tenía que ir porque pasé la mayoría de mi vida, en este pequeño pueblito del sur de los Estados Unidos, viendo a la gente portarse de la misma manera, y guardar las mismas costumbres, año tras año. Por lo que llegué a la conclusión de que me estaba perdiendo de grandes cosas, que aún no había visto siquiera el ecuador del abanico de posibilidades que existir, así sea tan pasivamente, plantea.

Me convencí de que tenía que darme un chance.

Lo comenté con toda mi familia y casi todos protestaron. Mis hermanos fueron los primeros en expresarse conmigo al respecto; a uno de ellos le preocupaba que no me fuera a ir bien, que fuera muy difícil para mi estar tan solo, debido a mis problemas de adicción del pasado; pasé episodios muy tortuosos de abuso de sustancias: Psicotrópicos, alcohol, marihuana. Me la pasaba fuera de este mundo; todo como intentando escapar de un fantasma, que no sé decir si es la soledad o una sensación de tristeza horrible, por asuntos de mi infancia que no quisiera comentarte, para no causarte tanta lástima.

El otro me dijo que quería verme crecer, por lo que estaba tomando una de las mejores decisiones de mi vida. Algo de lo que probablemente me daría cuenta una vez que ya estuviera en Boston.

Mi padre fue quién insistió en que me quedara. Algunos otros familiares se pusieron de su parte; dijeron que sería muy difícil para él tenerme lejos de casa, sabiendo que corría el riesgo de recaer en viejas costumbres dañinas. Pero les dije que probablemente mudarme a Boston me ayudaría a cambiar de perspectiva.

Mamá fue quién se mostró más alegre y orgullosa con mi decisión. Lo comentó con todos los vecinos, ya luego que tuviera una semana de haberme ido. Me deseó suerte y me pidió que viniera de visita de vez en cuando, si tenía tiempo.

Así pues, con una pequeña maleta, un bolso y algunas de mis pertenencias misceláneas (Como mi consola de video juegos, que jamás podría dejar atrás), tomé un autobus que en 10 horas, me llevó hasta la ciudad de Massachusetts.

Meses atrás, había contactado con un viejo amigo que se encontraba allí, que me ofreció darme un pequeño tour por el downtown, antes de que decidiera dónde residenciarme. Fue perfecto, en el sentido de que el bus aparcaría en una estación muy cercana a su casa. Al llegar, estaba allí esperándome.

Me saludó con un abrazo y luego de dejar mis cosas en su casa, partimos primero a un bar a dos cuadras, bajando por la calle de la estación.

Ya sabes cómo son los bares en los downtowns: Luces bajas, barra de madera, la caja registradora en la parte derecha y las estanterías de cara hacia los clientes.

Lo sabes porque, sin querer, me encontraste allí. Estaba un poco melancólico de haber partido de casa y lo viste en mis ojos, o eso quiero creer.

—Alguien parece cansado de su viaje. —La confianza y familiaridad con la que te dirigiste a mi eran cosas a las que definitivamente no estaba acostumbrado. Yo me considero una persona carismática, se me hace muy fácil comenzar una conversación con personas pero debido a que estaba en un ambiente nuevo, creo que estaba un poco intimidado— ¿Quieres una cerveza?

—Sí, por favor. —Fue lo que dije, apenado y riéndome con nerviosismo— Aunque debo ir despacio.

—Asumo que no es algo de lo que quieres hablar en este momento, así que respetaré tu espacio. —Que continuaras siendo tan amable me tenía fuera de órbita.

—Bueno, te cuento mi historia si tú me cuentas la tuya. —Se me ocurrió decir, tomando la oferta que me hiciste de hablarte abiertamente, porque tú ya lo habías hecho conmigo.

Te escuché reír varias veces esa noche. Intercambiamos números telefónicos. Todo fue maravilloso, hasta que tuve que despedirme de ti. Me pregunté incesantemente, durante días, si volvería a verte.

Una de las cosas que me dispuse a hacer durante mis primeros días en Boston fue postularme con varios diarios y revistas locales, como columnista. Había estudiado durante mi tiempo libre, en el pueblo, acerca de varias cosas que encontré, eran temas de suma importancia en el ámbito regional. Supuse que si mi nombre estaba en los periódicos o en alguna revista, te darías cuenta.

Es que no quise llamarte de inmediato, ni textearte. Y en vista de que tú tampoco lo habías hecho, por varios días, me dio la impresión de que no estabas tan interesada.

Entonces, un Viernes por la noche, de una semana que había pasado muy lento, llegó un mensaje de texto que decía:

"¿Podríamos vernos de nuevo en el bar, en una hora?". Empecé a sudar como loco.

Esa vez pedí sólo Coca-Cola con hielo, varios vasos, y tú una piña colada, un mojito y varios shots de vodka. La pasamos genial.

Comenzamos a frecuentarnos los viernes por la noche; te conté acerca del trabajo de columnismo en uno de los periódicos y tú a mi me contabas sobre tu trabajo en el Instituto de Arte Contemporáneo.

Te convertiste en una grandiosa confidente. Al cabo de unos meses, nos acercamos tanto que comenzamos a pedirnos favores, a apoyarnos, siempre un poco más, con nuestros quéhaceres, deudas.

Una tarde, caminando por los puertos, me comentaste acerca de tu madre, que estaba pasando por un episodio opaco de salud.

—Luego de que mi padre se fuera de casa, ella lo ha tenido muy difícil. —Hacía poco que había ocurrido el desenlace y aún tu voz se quebraba, de pensar cómo fue— Quiero ayudarla, hacer más, ¿Sabes? No va a mejorar de su depresión a menos de que trabajemos juntas en ello.

—No estás dentro de su cabeza. —Dije intentando no sonar tan duro—Su situación va a mejorar con terapia y con buena disposición. Ayúdala a que vea una solución en esos recursos.

—¿Crees en verdad que pueda convencerla? —Tus ojos, llenos de lágrimas, me causaron un terrible nudo en la garganta—A veces siento que no tengo la fuerza para lidiar con tantas cosas a la vez...

—Eres la persona más fuerte que conozco. —Al decirte eso, esperaba que entendieras lo mucho que te admiro por eso—Vas a poder solucionar eso y todo lo que aparezca luego. Créeme.

Nos dimos un abrazo y pude sentir tu corazón latir despacio, en mi pecho. De allí en más, que tuvimos otros momentos así, como de intimidad, pero esa que compete a uno abrirse verdadaramente, tomar el corazón en la mano y ponerlo a la vista del otro, para enmendarlo en conjunto.

Me has ayudado tanto...

Y yo a ti, imagino que también.

Por eso me dolió tanto, cuando dijiste que debías mudarte a California.

—Un procurador de arte me contactó por correo electrónico, gracias a que una amiga y colega del Instituto dio con él, y me ofreció pagarme el doble del salario que percibo aquí.

—Comprendo. —dije entrecortado. Con un inmenso temor, de que llegaba la hora en que desvanecerías de mi vida—Bueno, debes irte. Es lo mejor para ti.

—¿Pasa algo?—Preguntaste intrigada. Te diste cuenta. De que yo te amaba pero que no te lo había dicho.

—No, jaja, no pasa nada. Supongo que ahora tendré un sofá en el cuál volcarme en California.

—¡Por supuesto que sí! ¿Creíste que me iría sin decirte que espero que vengas a verme pronto?—Dijiste entusiasmada, con el asomo de una lágrima conmovida, en tu ojo derecho.

Me abrazaste súbitamente y comenzaste a llorar. Se me hizo evidente que nos extrañaríamos mucho.

A la larga, yo sabía que no me tardaría en ir a verte. Sin decírmelo, entendí que tú me amabas también.

Tomándonos de la mano, caminamos durante un rato en el Logan International, mientras esperábamos a que partiera tu vuelo.

Yo estuve extrañado, todo el tiempo. No quería llorar, debía ser fuerte para ti.

El silencio que guardamos durante esos minutos, antes de que finalmente volvieses a abrazarme para despedirte, fue muy valioso. Aproveché de mirarte directamente a los ojos, varias veces, tratando de alcanzar eso que está detrás. Reímos sin pausa.

Y ya que partieras, sentí como que se apagaban todas las luces del lugar.

Pero comprendí... Que debía brillar más fuerte, para que, aún si estabas del otro lado del mundo, pudieras verme, y sentir mi calor.

Me tracé esa meta.

Mi hermano tuvo razón: Mudarme a Boston fue una de las mejores decisiones de mi vida. Porque, ahora luego de varios años, tengo a alguien que me hace sentir como que tengo un hogar: Tú.

Fin.

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